jueves, 24 de enero de 2013

Memorias de Adriano

  • Mémoires d’Hadrien 
  • Marguerite Yourcenar 
  • Primera edición: 1951
  • Novela histórica 
Te evito detalles que te resultarían tan desagradables como a mí mismo, y la descripción del cuerpo de un hombre que envejece y se prepara a morir de una hidropesía del corazón. […]Es difícil seguir siendo emperador ante un médico y también es difícil guardar la calidad de hombre. El ojo de Hermógenes sólo veía en mí un saco de humores, una triste amalgama de linfa y sangre. 

Me esfuerzo mucho por reiterar que la literatura no excluye a nadie. Si bien algunos libros resultan más difíciles o complicados de leer que otros, es trabajo de cada persona encontrar el género o el estilo que mejor le acople, y aún con esto no se tiene una garantía de satisfacción perpetua. La novela histórica no se encuentra en mi lista de géneros preferidos; apenas el año pasado le di la primera probada con Sinuhé, el egipcio y no fue hasta ahora que decidí volver a pasear por ella –y eso tras ciertas renuencias. Lo cierto es que le temo a la historia. Le temo a esas interminables listas de fechas fundamentales y nombres importantes que forjaron rumbos y vidas, incluyendo la mía. Le temo a esos datos tan exactos y tan falibles, a aquellas fotografías venidas de otros tiempos y que me demuestran que hubo vida antes que la mía. Le temo a la certeza de que el género humano avanza a traspiés y que en unos años no estaré presente en ese trajinar de errores. Además, y con cierta tristeza, admito que le temo al irreparable aburrimiento que me provocan las mismas grandes hazañas repetidas en infinidad de libros de texto. Con todo esto, debe ser difícil entender por qué terminé leyendo un libro como este; las Memorias de Adriano son el resumen de todo es pelotón de miedos que me plantea la historia. Lugares, países, invasiones, acontecimientos y nombres: son todo el conjunto de datos irreales que tanto me esfuerzo por evadir o al menos por ignorar. 

Tardé casi todo el mes leyéndolo; en las primeras páginas, los pozos de filosofía y reflexión se extendían interminablemente y lo único que de verdad quería hacer era cerrar aquel libro y olvidarlo en los confines del librero. Había escuchado maravillas de aquellas memorias, halagos y lisonjas al estilo, al método y a la narrativa; así, me sentí vetada de aquella maravilla, alejada de aquel emperador y su vida por algo más que los siglos, la cultura y la geografía. Me alejaba por decisión propia y eso me hacía sentir terrible. Incluso cuando decidí no dejarlo, las palabras no avanzaban por mi cabeza y me obligaba a leer el mismo párrafo una y otra vez hasta que le hallaba sentido. Quería ser lista, y ese fue mi gran error. Intenté leer este libro como quien lee una enciclopedia y pretende saber exactamente a que se refiere cada cosa. Lo cierto es que no tengo gran idea de la historia de Roma, difícilmente tengo nociones de Grecia. Mis datos de geografía no me ayudaban a construir la grandeza del Imperio Romano, mucho menos los de historia para estructurar la época del emperador. Rendirme ante mi ignorancia fue la solución, porque la literatura no excluye a nadie. No necesitaba un arsenal de información para enfrentarme a este libro, nunca fue necesario. De lo único que necesitaba plena conciencia era de que un hombre, hace casi dos mil años, se enfrentaba a la muerte y al sufrir de la inmortalidad, tal y como lo haremos nosotros a su debido tiempo.

En el momento en que te escribo esto, sé exactamente qué estrellas pasan en Tíbur sobre este techo ornado de estucos y pinturas preciosas, y cuáles están suspendidas, en otras tierras, sobre una tumba. Algunos años después, la muerte habría de convertirse en objeto de mi contemplación constante, pensamiento al cual dedicaría todas las fuerzas de mi espíritu que no estuvieran absorbidas por el Estado. Y quien dice muerte dice también el mundo misterioso al cual acaso ingresamos por ella. Después de tantas reflexiones y de tantas experiencias quizá condenables, sigo ignorando lo que sucede detrás de esa negra colgadura. Pero la noche siria representa mi parte consciente de inmortalidad. 

Si lo piensan un momento, no deben ser más que veinticinco pares de manos los que nos separan de Adriano, un hombre decidido a llevar a Roma misma a la inmortalidad. Pero la inmortalidad no es más que el tiempo de vida de una piedra. Del gran imperio sólo nos quedan ruinas y acueductos, vasijas y estatuas, fragmentos de poemas y un vago ideal del derecho. También nos quedan los recuerdos de un pasado que no nos pertenece, así como tampoco nos pertenece el futuro. Por más siglos que nos separen de aquel hombre y su obra, no hay mucho que nos diferencia de él. La caducidad de nuestros cuerpos es algo que nos preocupa y nos consume en silencio, el estado de nuestras almas nos inquieta en voz baja. Y aún con estas promesas de expiración, nada es más estable e inmortal que la curva de un hombro o el deslizar de un dedo, pero hubo tiempos en que la postura no hizo tanto daño. Lo que Yourcenar regala en su obra no es una simple reconstrucción histórica o una reflexión hacia la muerte, lo que concede es un punto de contacto entre aquellos habitantes del siglo II y nosotros. Un espacio donde seguimos siendo humanos, donde bebemos, sentimos, comemos, luchamos con tempestades, envejecemos y morimos.

A medida de el libro avanza Adriano se hace más y más consciente de aquello. Desde el niño cuyo padre agoniza en una cama en Itálica, hasta el emperador vuelto en llanto ante el cadáver de su preferido. De un hombre temeroso de la opinión de los demás a un jefe de Estado que cultiva las artes y predica la paz. Son las memorias dirigidas a quien será uno de sus sucesores: Marco Aurelio. El primer tormento de Adriano fue aquel de crear algo en su vida y el segundo temor fue el de hacer aquella obra indestructible. Levantó murallas, instauró leyes, modifico reglas y escribió poemas, todo aquello con la esperanza de que su nombre sobreviviera un par de siglos. Después tendría aquel mismo destino que tienen las estatuas sin nombre, las lápidas sin epitafio. Pero podemos decir que lo logró: sus ideales han llegado hasta nosotros, incluso su fe. Antínoo es un dios, una estatua, una pintura, una moneda, una inscripción, un poema y un medallón. El amor hizo inmortal a aquella criatura a la que le consagró su amor y que se ofreció como sacrificio al imperio. Al final ambos se salvaron del olvido.

“Cuando los dioses ya no existían y Cristo no había aparecido aún, hubo un momento único, desde Cicerón hasta Marco Aurelio, en que sólo estuvo el hombre”, es la sentencia de Flaubert. Debió ser una época de plena libertad, de alegría. Un momento en que fuimos libres de nuestros actos y responsables de nuestras culpas, donde no había a quien culpar por la predestinación ni por quien llorar nuestros pecados. No sé cuanta verdad haya en este libro, pero no debe ser poca. Adriano dedicó alguna parte de su tiempo a la poesía, los fragmentos que se han encontrados de su autoría revelan el dolor de una muerte y el temor de una vida. No se necesita una plena fidelidad histórica para crear a aquel hombre, al hijo de Trajano y nieto de Nerva. Antes del emperador, antes del guerrero, antes incluso del poeta, hubo un hombre cuyo pulso se extinguió como el de muchos otros. Sí, la considero una lectura necesaria por la franca razón de que a veces nos olvidamos que existió un mundo antes de nosotros y existirá aún después de nuestra partida. Culturas, idiomas y pensamientos diferentes nos han conducido hasta lo que somos ahora. Cuando partamos –si es que acaso partimos– y la última imagen de aquello que conocemos nos acompañe al vacío, el mundo continuará su rotación, los lugares conocidos y amados serán modificados y el terreno continuará su deterioro. De que nos preocupen, conciernan o no aquellos cambios dependerá nuestro recuerdo. Tal vez alcancemos aquella inmortalidad de Adriano, por puras buenas obras, tal vez la de Antínoo, salvado del olvido por amor, pero aquello queda en nuestras manos; detrás de esa negra colgadura se encuentra aquello que nos hace humanos desde el principio de nuestros tiempos. 

Mínima alma mía, tierna y flotante, huésped y compañera de mi cuerpo, descenderás a esos parajes pálidos, rígidos y desnudos, donde habrás de renunciar a los juegos de antaño. Todavía un instante miremos juntos las riberas familiares, los objetos que sin duda no volveremos a ver… Tratemos de entrar en la muerte con los ojos abiertos…

Múltiples precios, múltiples ediciones.
Les recomiendo la traducción de Cortázar.

1 comentario:

  1. Misha, que bonito escribes la verdad, me ha hecho querer leer este libro. Sin dudas me lo apunto para conseguirlo pronto. Muchas gracias por esta entrada, amo este blog.

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